Rosanna López
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jueves, 26 de marzo de 2015
Tejidos al crochet que me gustan
Acá voy a agrupar todos los secretos de esos tejidos al crochet que me encantan...
Así los tengo todos en un mismo lugar y puedo compartirlos.
¡Que lo disfruten las tejedoras!!!!
Podemos comenzar por visitar este perfil de Facebook, que tiene maravillosas creaciones y muy sencillas:
https://www.facebook.com/clubedocroche.alcionetelles
Acá va otra imagen de una colcha que me encantó!!! Aunque por ahora, me conformo con los almohadones...
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Acá va otra imagen de una colcha que me encantó!!! Aunque por ahora, me conformo con los almohadones...
¡Unas carteritas hermosas!!!!
martes, 28 de octubre de 2014
sábado, 4 de diciembre de 2010
Una vida perfecta...
Desde chica, supuse que mi vida era perfecta...
Una familia "normal", padres adorables, abuelos desesperados por hacerme feliz, una tía a la que amaba con toda el alma, una prima que era la luz de mis ojos, mi bisabuela preferida, Mama Luisa, a la que perdí cuando ya era una mujer y estaba a punto de casarme. Mi tía bisabuela, Gei... inolvidable!!! No nos sobraba nada, pero lo teníamos todo.
Fue pasando el tiempo y empezamos a tener mucho más... sólo en lo material. El trabajo de papá fue mucho mejor, había plata para gastar en un montón de cosas que antes ni se nos hubieran ocurrido tener, pero empezaron las pérdidas irreparables.
Ya entrando en la adolescencia, descubrí que la perfección no existía. Fue duro, pero tuve que pasarlo: mi mamá empezó con sus primeras depresiones... ¿Por qué? Si no le faltaba nada, si lo tenía todo... Tal vez no fuera así, y muy en el fondo, la imperfección de su propia vida le estuviera pasando factura.
Y llegó el momento de convertirme en adulta, de formar mi propia familia. Así fue que me casé con Jorge, el amor de mi vida. Ya llevamos 20 años casados y casi 23 juntos. Toda una vida!!!
Fue cuando comencé a creer que, si bien ya había descubierto que la vida perfecta no existía, podía haber algo cercano a la perfección. Caí en el engaño otra vez... ¿Engaño o idealización? No lo sé... Tal vez una mezcla de ambos.
Así fue pasando el tiempo y nacieron los dos amores más grandes de mi vida: Alan y Tomás. Con esto de los dos grandes amores de mi vida, no quiero hacer sentir mal a nadie. Hay amores diferentes... pero el de los hijos, es tan especial que no puede compararse con ningún otro. Desde que los vi, sentí que eran mis "motorcitos". Esas dos personitas que me sostuvieron en los momentos en los que me sentí caer en los abismos más profundos y me dieron las fuerzas para seguir adelante, a pesar de todo, a pesar de saber a ciencia cierta que la perfección no existe...
Al poco tiempo de nacer Alan, otra vez el dolor: mamá cae enferma con un cáncer. Según los médicos, algo terminal, que iba a terminar en menos de dos años, porque no había otra opción (al menos para la ciencia). Pero ella siguió... También tomó fuerzas del que en ese momento era su propio motor: Alan. Su primer añito lo vivió adentro de una clínica, acompañando a la Abé (como él la llamó en cuanto pudo hablar) a hacerse la quimio, a operarse y recuperarse, a volver a caer y levantarse. Sin saberlo, se había convertido en la razón de vivir de dos personas al mismo tiempo. Y con sólo tres meses...
La tormenta pasó, mamá fue recuperándose, a pesar de todos los diagnósticos en contra... Ningún médico podía entender qué era lo que había sucedido. Nunca me lo pregunté demasiado tampoco: sabía que había una razón en la tierra y otra, más arriba, allá donde se tejen los destinos de cada uno. Y entonces, llegó Tomás. ¡Una belleza desde el momento en que lo sacaron de mi panza! Jamás vi un bebé más hermoso. ¡Era perfecto! Igualito al abuelito César...
Fuimos muy felices. Pero ya no caí en la tentación de comparar la felicidad con la perfección. No teníamos mucho, pero nos teníamos a nosotros mismos. Estábamos todos bien. No podía pedirle más a la vida...
Los golpes no tardaron en llegar. Empleos que se desvanecían, la plata que no alcanzaba, las discusiones, las angustias y la desesperación. El peor de todos: la muerte de César. Un dolor inmenso, un vacío que nunca va a llenarse y que solamente se soporta por el recuerdo lleno de amor y de sonrisas que nos dejó. Pero nada de eso pudo con nosotros. Más allá de todo lo malo, nuestro amor era más fuerte. Aunque, como siempre pasa, el alma se va resintiendo y se deshace en pedacitos que cuesta volver a unir. Y así fue que nos separamos... Ya no éramos los mismos. Viéndolo en retrospectiva, sé que no era que no nos amáramos. Nos seguíamos amando tanto como antes, pero no podíamos seguir. Los resentimientos y las agrias discusiones nos habían diezmado. Sentí que todo mi mundo ideal se derrumbaba como un castillo de naipes.
Como el ave Fénix, renacimos entre las cenizas... Supimos que estábamos hechos el uno para el otro y que, a pesar de todo, valía la pena el esfuerzo de volver a intentarlo. Y seguimos, y crecimos, y aprendimos, y compartimos mucho más, y nos estabilizamos de nuevo, y fuimos felices, con altibajos, pero felices por sobre todas las cosas.
Hoy puedo decir que la vida nos está golpeando muy duro. Ya no creo en el Supremo, siento que El se olvidó de mí, que ya no me escucha, que me tiene tirada a un lado... Otra vez estoy haciendo sufrir a las personas que más amo, porque casi no estoy con ellos. Otra vez mi mamá... La vida que una vez le volvió a sonreir hace casi 18 años, se tomó revancha. Una operación sencilla, con el mejor equipo médico, algo que se hace rutinariamente, terminó siendo la peor de nuestras pesadillas. Mamá cuadripléjica y dependiendo de un respirador artificial que le dé el hilo de oxígeno que la aferre a la vida. Nosotros, despersonalizados, viviendo a través de ella, tratando de estar todo lo que podemos a su lado, apoyándola, ayudándola a recuperarse (si es que realmente existe esa posibilidad), haciendo hasta lo imposible para que parezca que es normal que esto sea lo que nos tocó vivir... Pero en el fondo, me pregunto por qué. ¿Por qué otro golpe como éste? No tengo la respuesta. Sólo sé que la vida me enseñó que, más allá de que la perfección no existe, la felicidad solamente se vive de a ratitos. Será que hay que saber atesorar esos pequeños momentos como los regalos más preciados que nos hace la vida... Pero siento que necesito de más momentos felices. Necesito de más pedacitos de felicidad que me ayuden a remendar mi alma rasgada, destrozada.
Como me dijo un amigo: "¿Por qué no a mí?"... Aunque, en el fondo, siempre termino dando vueltas a esta pregunta y transformándola en "¿Por qué a mí?"...
Una familia "normal", padres adorables, abuelos desesperados por hacerme feliz, una tía a la que amaba con toda el alma, una prima que era la luz de mis ojos, mi bisabuela preferida, Mama Luisa, a la que perdí cuando ya era una mujer y estaba a punto de casarme. Mi tía bisabuela, Gei... inolvidable!!! No nos sobraba nada, pero lo teníamos todo.
Fue pasando el tiempo y empezamos a tener mucho más... sólo en lo material. El trabajo de papá fue mucho mejor, había plata para gastar en un montón de cosas que antes ni se nos hubieran ocurrido tener, pero empezaron las pérdidas irreparables.
Ya entrando en la adolescencia, descubrí que la perfección no existía. Fue duro, pero tuve que pasarlo: mi mamá empezó con sus primeras depresiones... ¿Por qué? Si no le faltaba nada, si lo tenía todo... Tal vez no fuera así, y muy en el fondo, la imperfección de su propia vida le estuviera pasando factura.
Y llegó el momento de convertirme en adulta, de formar mi propia familia. Así fue que me casé con Jorge, el amor de mi vida. Ya llevamos 20 años casados y casi 23 juntos. Toda una vida!!!
Fue cuando comencé a creer que, si bien ya había descubierto que la vida perfecta no existía, podía haber algo cercano a la perfección. Caí en el engaño otra vez... ¿Engaño o idealización? No lo sé... Tal vez una mezcla de ambos.
Así fue pasando el tiempo y nacieron los dos amores más grandes de mi vida: Alan y Tomás. Con esto de los dos grandes amores de mi vida, no quiero hacer sentir mal a nadie. Hay amores diferentes... pero el de los hijos, es tan especial que no puede compararse con ningún otro. Desde que los vi, sentí que eran mis "motorcitos". Esas dos personitas que me sostuvieron en los momentos en los que me sentí caer en los abismos más profundos y me dieron las fuerzas para seguir adelante, a pesar de todo, a pesar de saber a ciencia cierta que la perfección no existe...
Al poco tiempo de nacer Alan, otra vez el dolor: mamá cae enferma con un cáncer. Según los médicos, algo terminal, que iba a terminar en menos de dos años, porque no había otra opción (al menos para la ciencia). Pero ella siguió... También tomó fuerzas del que en ese momento era su propio motor: Alan. Su primer añito lo vivió adentro de una clínica, acompañando a la Abé (como él la llamó en cuanto pudo hablar) a hacerse la quimio, a operarse y recuperarse, a volver a caer y levantarse. Sin saberlo, se había convertido en la razón de vivir de dos personas al mismo tiempo. Y con sólo tres meses...
La tormenta pasó, mamá fue recuperándose, a pesar de todos los diagnósticos en contra... Ningún médico podía entender qué era lo que había sucedido. Nunca me lo pregunté demasiado tampoco: sabía que había una razón en la tierra y otra, más arriba, allá donde se tejen los destinos de cada uno. Y entonces, llegó Tomás. ¡Una belleza desde el momento en que lo sacaron de mi panza! Jamás vi un bebé más hermoso. ¡Era perfecto! Igualito al abuelito César...
Fuimos muy felices. Pero ya no caí en la tentación de comparar la felicidad con la perfección. No teníamos mucho, pero nos teníamos a nosotros mismos. Estábamos todos bien. No podía pedirle más a la vida...
Los golpes no tardaron en llegar. Empleos que se desvanecían, la plata que no alcanzaba, las discusiones, las angustias y la desesperación. El peor de todos: la muerte de César. Un dolor inmenso, un vacío que nunca va a llenarse y que solamente se soporta por el recuerdo lleno de amor y de sonrisas que nos dejó. Pero nada de eso pudo con nosotros. Más allá de todo lo malo, nuestro amor era más fuerte. Aunque, como siempre pasa, el alma se va resintiendo y se deshace en pedacitos que cuesta volver a unir. Y así fue que nos separamos... Ya no éramos los mismos. Viéndolo en retrospectiva, sé que no era que no nos amáramos. Nos seguíamos amando tanto como antes, pero no podíamos seguir. Los resentimientos y las agrias discusiones nos habían diezmado. Sentí que todo mi mundo ideal se derrumbaba como un castillo de naipes.
Como el ave Fénix, renacimos entre las cenizas... Supimos que estábamos hechos el uno para el otro y que, a pesar de todo, valía la pena el esfuerzo de volver a intentarlo. Y seguimos, y crecimos, y aprendimos, y compartimos mucho más, y nos estabilizamos de nuevo, y fuimos felices, con altibajos, pero felices por sobre todas las cosas.
Hoy puedo decir que la vida nos está golpeando muy duro. Ya no creo en el Supremo, siento que El se olvidó de mí, que ya no me escucha, que me tiene tirada a un lado... Otra vez estoy haciendo sufrir a las personas que más amo, porque casi no estoy con ellos. Otra vez mi mamá... La vida que una vez le volvió a sonreir hace casi 18 años, se tomó revancha. Una operación sencilla, con el mejor equipo médico, algo que se hace rutinariamente, terminó siendo la peor de nuestras pesadillas. Mamá cuadripléjica y dependiendo de un respirador artificial que le dé el hilo de oxígeno que la aferre a la vida. Nosotros, despersonalizados, viviendo a través de ella, tratando de estar todo lo que podemos a su lado, apoyándola, ayudándola a recuperarse (si es que realmente existe esa posibilidad), haciendo hasta lo imposible para que parezca que es normal que esto sea lo que nos tocó vivir... Pero en el fondo, me pregunto por qué. ¿Por qué otro golpe como éste? No tengo la respuesta. Sólo sé que la vida me enseñó que, más allá de que la perfección no existe, la felicidad solamente se vive de a ratitos. Será que hay que saber atesorar esos pequeños momentos como los regalos más preciados que nos hace la vida... Pero siento que necesito de más momentos felices. Necesito de más pedacitos de felicidad que me ayuden a remendar mi alma rasgada, destrozada.
Como me dijo un amigo: "¿Por qué no a mí?"... Aunque, en el fondo, siempre termino dando vueltas a esta pregunta y transformándola en "¿Por qué a mí?"...
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